Desde
posiciones nacionalistas y chovinistas se
desarrollaron teorías racistas que
justificaban e impulsaban la expansión territorial,
con o sin el consentimiento de los pueblos autóctonos.
En
sus formas más moderadas el racismo
se disfrazó en ocasiones de un paternalismo
que sostenía la necesidad del hombre blanco
de “sacar del atraso” a las poblaciones
autóctonas a través de la instrucción
yla educación.
En esa labor destacó
la actividad misionera de las iglesias
cristianas anglicana, católica y protestante,
que causó gran impacto en las poblaciones
indígenas cuya mentalidad era totalmente
ajena a la occidental.
En
todas esas posiciones subyacía una ideología
de carácter etnocentrista que
ensalzaba la cultura europea y occidental
y descalificaba al resto, considerado bárbaro,
salvaje y primitivo.